Violencia de género y protección de datos

Parece ser un hecho que la realidad analógica replica muchos de sus rasgos en la realidad digital. El drama de la violencia de género, uno de los grandes problemas de nuestras sociedades, tiene varios alimentadores relacionados a la transformación digital. A pesar de la madurez de la normativa en protección de datos, es sencillo atentar contra la privacidad en la red. El papel de la educación y de los profesionales en protección de datos es central para la salvaguarda de los derechos.

La violencia de género se extiende hasta lo digital y tiene en los datos personales uno de sus ejes de acción. En efecto, los procesos de transformación digital no son ajenos a uno de nuestros grandes dramas como sociedad: la cosificación y violencia hacia la mujer; la estructuralidad del fenómeno es ya conocido y objeto de profundos estudios desde varias áreas de las ciencias sociales.

Pero en esta breve entrada llamaremos la atención sobre cómo los datos personales de la víctima, rastreados a través de la red, pasan a ser un elemento de refuerzo de este tipo de violencia, convirtiendo la información de las personas en una suerte de arma arrojadiza con fatales consecuencias para las víctimas. Partamos de una idea más bien básica, los derechos a la privacidad y a que nuestros datos personales sean protegidos tienen su base en que deberíamos tener todo el control sobre qué información y en qué grado es accesible mediante los universos digitales. Esta tesis está codificada en el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) y resulta fundamental para los profesionales del sector.

Si una persona no tiene el control sobre el nivel de exposición a que está sometida significa que varios de los mecanismos de ese derecho fallan, por ejemplo los dispositivos del consentimiento, etc. La protección de datos personales no se refiere, claro está, únicamente a las obligaciones que contraen empresas y organizaciones; también se extiende a la obligación de un particular de no divulgar una información que fuera compartida en un contexto privado. En lo anterior tenemos un alimentador importante de la violencia de género (que, como sabemos, se extiende de lo físico a lo psicológico y viceversa) en los entornos digitales.

Nuestra realidad sociocultural, política y económica se digitaliza cada vez más rápido, provocando transformaciones muy profundas en los criterios de comunicación y socialización. Es decir, a partir de ciertas contribuciones de la Psicología Política, diremos que existe una versión totalmente digital de la Carga Simbólica del sujeto y toda la dialéctica que ésta trae asociada alrededor de la demanda de reconocimiento y legitimidad (Carrillo 2020).

Pues bien, esa versión digital del cúmulo simbólico que mapea la identidad de un individuo es susceptible, por supuesto, de observarse desde una perspectiva de género. Lo anterior evidencia de múltiples formas, por ejemplo, que las nuevas tecnologías de la comunicación (en realidad ya no tan nuevas) permiten que una identidad colectiva X sea más visible. Este mismo proceso era espectacularmente más lento cuando la realidad social y cultural era exclusivamente analógica. Lo anterior ha permitido, de hecho, que el problema de la discriminación y la violencia hacia las mujeres no resulte desconocido para nadie y sea notablemente visible.

PRIVACIDAD, PROTECCIÓN DE DATOS Y VIOLENCIA DE GÉNERO

Hasta aquí todo parece favorable, la digitalización ayuda a la igualdad de género. Pero el problema, como coincidirían muchos científicos sociales, es que los universos digitales (como las redes sociales) son una versión virtual de las mismas formas de apropiación de la realidad que ya existen en nuestros espacios cotidianos. Por lo tanto, fenómenos terribles como la violencia de género (y otros tipos de discriminación) también se replican digitalmente.

Lo que ocurre en lo analógico puede ocurrir en lo digital. Así, hablamos de un comportamiento que utilizará datos personales y ataques a la privacidad para concretar una agresión simbólica, es decir, con peso psicosocial. La exposición de datos personales (distintos aspectos de la vida privada) puede ahondar la condición de víctima. A esto sumemos todos los rasgos de la virtualidad: la velocidad de difusión, la universalidad del acceso, etc.

Relacionado con lo anterior, consideremos otro factor: lo extremadamente sencillo que resulta hoy en día encontrar información personal. Si alguien, en cualquier lugar del mundo, pretende limitar su huella digital ya no es suficiente con no publicar información personal en sitios Web o redes sociales; ahora es necesario tener un comportamiento totalmente enfocado a tal fin. Basta con recordar la frecuencia con que un documento con información personal (del trabajo, la Universidad, etc.) puede terminar indexado por Google.

Es decir, esta “sencillez técnica” tanto para encontrar información como para exponer la vida privada, por ejemplo, de una víctima de violencia de género, constituyen verdaderos alimentadores de una especie de pseudo-impunidad y temor en quienes sufren estos dramas en nuestras sociedades.

Aclaremos que, realmente, esa nombrada “sencillez técnica” es inevitable en los procesos de transformación digital. Respecto a la violencia de género digital la cuestión central está en otros lugares. En primer lugar, en qué tanta educación y conciencia social existe como para que la propia normativa en protección de datos se cumpla sin matices (en estructuras productivas y en individuos). En lo anterior tienen un papel relevante los expertos y especialistas en la materia.

En segundo lugar, por supuesto relacionado con lo anterior, tenemos la dificultad que objetivamente enfrentamos para eliminar nuestra información personal de la red, aunque tengamos la normativa legal a nuestro favor. Como saben bien los expertos en comunicación digital, eliminar una información por completo es muy complicado.

Tal vez podamos dejar una conclusión (totalmente preliminar en una temática tan delicada). Y es, nuevamente, la gran importancia de observar una conducta digital que conserve el debido cuidado y prudencia con la privacidad y los datos personales. Ambas son facetas de la vida social donde los expertos y profesionales en el RGPD se tornan necesarios por su papel en la protección de los derechos.

La sensibilidad de la Agencia Española de Protección de Datos en materia de violencia de género, se materializa en su política de responsabilidad social y en la puesta en marcha del canal prioritario que permite a las víctimas ejercer sus derechos mediante la inmediata retirada de contenidos indexados en servicios online en colaboración con los mayores proveedores de servicios digitales.

Las redes sociales no son un juego


Experto, Especialista y Máster en el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) de la UNED y la AEPD: Matrícula abierta

 

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Email de información: jglez@cee.uned.es - rhc@agpd.es

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